Cuando hablamos acerca de los órganos del cuerpo, pensamos en el corazón, los pulmones, el estómago, el hígado, etc. pero rara vez caemos en la cuenta de que olvidamos el órgano más grande del cuerpo y pocas veces lo tomamos como tal.

ANATOMÍA

La piel ocupa aproximadamente una superficie de 2 m2 y está compuesta de tres capas en las que se encuentran diversas células y receptores.

La capa más superficial, la epidermis es la más fina, casi como una hoja de papel. En ella nos encontramos células tales como los melanocitos. Éstos son los encargados de la producción de la melanina, la sustancia que da color a la piel. Aproximadamente todas las personas tienen el mismo número de melanocitos, pero dependiendo de la raza, de la exposición al sol o de la herencia, estas células pueden producir más o menos cantidad de melanina.

También en la epidermis encontramos queratinocitos, que son el componente principal de cabello y uñas debido a la producción de una proteína llamada queratina.

Igualmente, encontramos células de Langerhans, que presentan la primera defensa ante infecciones ya que estimulan la creación de linfocitos T. Las células de Langerhans son las responsables de las reacciones inmunitarias epidérmicas.

La segunda capa es la dermis. Es unas 25 veces más gruesa que la epidermis y en ella encontramos vasos sanguíneos y depósitos de agua. Se divide en dos subcapas (papilar y reticular) en las que encontramos fibras de colágeno que sirven de sujeción, elastina que aporta elasticidad a la piel y fibras musculares erectoras del vello.

La tercera capa cutánea es la hipodermis, en la cual se encuentran células adiposas, vasos sanguíneos y nervios. También encontramos glándulas sudoríparas (ecrinas y apocrinas) responsables de la regulación de la temperatura, de la expulsión de toxinas y de los olores característicos del sudor si se unen con bacterias presentes en la superficie.

También hay células responsables de nuestra relación con el entorno en toda nuestra piel. Así las de Meisner (situadas en la dermis) son las responsables del tacto superficial, las de Krause del frío, las de Pacini de la presión más profunda, las de Merkel de la presión superficial y las de Ruffini del calor.

FUNCIONES

Además de las consabidas funciones de protección, aislamiento, drenaje y defensa ante agentes patógenos, la piel es el órgano de relación con el exterior. Gracias a ella nos vemos sumidos en un mundo al que tocamos, sentimos su frío o su calor, su dolor o su caricia (que no son sino niveles de presión y violencia de ésta), etc.

En cualquier afección de la piel, no debemos olvidar que es uno de los órganos encargados de expulsar al exterior cualquier tóxico que no pueda salir por otra vía.

Cuando penetra un tóxico en el cuerpo (por ejemplo un alimento en mal estado) lo primero que el organismo intenta es una expulsión por vía digestiva. De esa manera se produce un vómito en primera instancia, y si esto no es posible, recurre a una diarrea. Pero en el caso de que el tóxico no haya sido lo suficientemente fuerte o bien su acumulación no haya sido tan peligrosa en un primer momento, cuando comienza a serlo, se pone en marcha la excreción cutánea y surgen picores, inflamaciones, calor o incluso dolor. Todos conocemos una intoxicación por marisco o pescado en mal estado y sus repercusiones en la piel durante unos días.

Por ello, cuando surge una erupción, picor, ardor, descamación o cualquier alteración de la piel, lo primero que debemos hacer es indagar acerca del motivo del problema. Estamos habituados a tratar dichas manifestaciones con pomadas o productos que mitiguen esos síntomas, pero no nos damos cuenta de que lo que la piel muestra es una señal de alarma, y que si únicamente la quitamos, evitamos que se muestre, pero no el mal que la provoca.

Se podría comparar con una casa en la que suena la alarma de incendio, y el dueño, en lugar de buscar si hay fuego en alguna habitación, se conforma con apagar la alarma y continuar tranquilamente haciendo su vida sin preocuparse del motivo por el que ha sonado esa alarma.

MANIFESTACIONES

Consecuentemente, cualquier problema de la piel debe ponernos en alerta sobre funciones orgánicas que no están produciéndose correctamente.

Una alteración hepática debida a que el hígado no es capaz de sintetizar medicamentos, alimentos, o cualquier tipo de tóxicos, puede revertir en un eccema o cualquier otra alteración cutánea. De la misma manera, si los intestinos (especialmente el grueso) no son capaces de expulsar los restos de nutrientes debido a una alteración en su motilidad, en su mucosa o a una deficiencia de flora bacteriana, éstos tóxicos pueden continuar nadando por el sistema circulatorio y ser la piel la encargada de intentar expulsarlos.

De la misma manera, los pulmones pueden encontrarse con que no son capaces de llevar adelante su misión y ésta caer sobre la piel.

Aproximándonos al mundo psicológico, la piel es el órgano de relación. Mediante él nos conocen y reconocen, nos identifican, nos tocan, nos alejan…

Son numerosos los casos en los que una alteración en la piel esconde un problema de relación de la persona con su entorno. Un niño que en el colegio no se siente comprendido ni integrado en el grupo, puede desarrollar un tipo de descamación o picor en cualquier parte del cuerpo. Ello, inevitablemente, le va a llevar a apartarse de su mundo habitual, ya que inconscientemente las alteraciones en la piel nos ponen en alerta acerca del posible contagio de lo que pueda tener la persona.

Por ello reitero la importancia de no quedarse en el síntoma cuando hay un problema en la piel e intentar averiguar si de fondo hay un problema orgánico, tóxico o psicológico, ya que de otra manera quedaría la persona dependiente de unos productos que le dejaran la piel en un estado aceptable, pero que no solucionarían en absoluto el problema que subyace.

AYUDAS

Hasta el momento en el que sepamos de qué se trata y de dónde proviene una afección, podemos contar con recursos como los antioxidantes (entre los que se pueden destacar los ácidos grasos omega 3 y 6), la vitamina E, la vitamina C (la primera soluble en grasa y la segunda en agua) y la famosa coenzima Q 10, producida por el hígado y que también se encuentra en la alimentación, que además de poseer propiedades antioxidantes, estabiliza las membranas celulares y fortalece los vasos sanguíneos.

En fitoterapia tenemos plantas como la Bardana (Arctium Lappa) que tiene propiedades antimicrobianas, antifúngicas y es antiagregante plaquetaria; la Fumaria (Fumaria Officinalis) la cual posee acción antiinflamatoria y antihistamínica; la Manzanilla Común (Matricaria Chamomilla) con efecto antiinflamatorio, antiséptico analgésico y cicatrizante; el Aloe Vera por su capacidad antiinflamatoria y cicatrizante; la Avena (Avena Sativa) por ser suavizante y antioxidante y la Caléndula (Calendula Officinalis) que es antiséptica, cicatrizante, reepitelizante, antiinflamatoria, parasiticida y fungicida.

En este caso, y dado que las aplicaciones de estas plantas van a ser en la piel, dejaremos de lado los posibles efectos secundarios o contraindicaciones que pueden presentarse cuando se administran por vía interna.

En homeopatía contamos con policrestos como el Selenio en caso de comedones microquísticos con piel muy grasa, Eugenia Jambosa si se presentan lesiones papulosas e induradas con un punto central de pus que supura (típico de acné juvenil), Belladona si hay rojez, inflamación y calor, Apis Mellifica si la erupción es similar a las picaduras de insectos con picor y mejora con aplicaciones frías, Urtica Urens si existe picor, rojez y edema pero mejora con aplicaciones calientes y Silicea si supura de forma constante.

La oligoterapia nos surte de Azufre (para usar en todos los problemas de piel), Manganeso (para cualquier proceso de hiperreacción), Cobre-Oro-Plata si se cronifica y Manganeso-Cobre si la persona y la manifestación cutánea son hiporreactivas.

Aunque sea reincidir en lo ya dicho anteriormente, no debemos olvidar que un problema de piel rara vez empieza y termina en ella. Tras una afección cutánea puede esconderse algún problema más grande, por lo que es recomendable acudir a un profesional para su correcta evaluación. Los productos que enmascaran esas reacciones nos apagan la alarma pero no el fuego. Si el organismo está intentando expulsar algo y le cortamos ese proceso es evidente que tiene que buscar otro camino para hacerlo y posiblemente más difícil de tratar.

Por Rafael Sánchez
Naturópata
Madrid