En los últimos años nos encontramos con una extensa publicidad persuasiva hacia el uso de probióticos. Cada día aparecen nuevos microrganismos, nuevas cepas, nuevas presentaciones, nuevas asociaciones y en definitiva nuevos productos que recurren al uso de probióticos, combinados o no con prebióticos, fundamentalmente en los sectores farmacológico, nutricional, e incluso el cosmético.

Que los microrganismos que conviven con nosotros desempeñan un papel importante en nuestra salud está fuera duda. Podríamos ir más allá y afirmar que cada uno de nosotros no es un único ser vivo, sino miles de ellos que se comportan como un super-organismo, cuyo potencial metabólico colectivo supera la suma de nuestros componentes individuales, sean estos, procariotas o eucariotas.

El concepto de probiótico probablemente se deba a Iliá IIich Méchnikov (Eli Metchnikoff), premio Nobel de Fisiología y Medicina compartido con Paul Ehrlich en 1908. El estudio de la muerte y los procesos dirigidos hacia tal fin, fue una de las constantes en su carrera científica. Así, en su obra “La prolongación de la vida” (1909), Metchnikoff sugería que la larga vida de los campesinos búlgaros se debía a su alto consumo de productos lácteos fermentados.

Lilly y Stillwell utilizan el término “probiótico” en 1965, para describir sustancias secretadas por un organismo, que estimulan el crecimiento de otro.

En 1998, F. Guarner et al. definen a los probióticos como microrganismos vivos que una vez ingeridos aportan efectos beneficiosos sobre el tracto gastrointestinal y su función inmunitaria.

En el año 2003, Clancy et al. insisten en la relación probióticos-sistema inmune, e introducen el concepto de “inmunobiótico”, debido a la modulación de la respuesta inmunitaria en el sistema linfoide asociado a mucosas, que exhiben estos microrganismos.

Actualmente, el término probiótico (“a favor de la vida”), claramente opuesto al término antibiótico (“contra la vida”), se utiliza para definir a los productos o preparados que contienen microrganismos vivos en cantidad suficiente para ejercer un efecto beneficioso en el organismo huésped, al mejorar el equilibrio de la microflora intestinal y su salud en general.

Algunos de los criterios de selección que debería cumplir un producto para considerarlo como probiótico son:

Absoluta inocuidad para el huésped.

Sobrevivir al tracto digestivo.

Evidencia de sus posibilidades terapéuticas, entre las que se destacaría la capacidad de modular la respuesta inmune y de influir en las actividades metabólicas.

Capacidad de establecerse en la microflora endógena y sobrevivir en el ecosistema intestinal del huésped.

Propiedades técnicas contrastables en cuanto a su viabilidad y estabilidad, tanto en su almacenamiento, como en su uso.

Otro término que a menudo aparece al lado del de probiótico es el de “prebiótico”. Dentro del término prebiótico (“antes de la vida”) se encontrarían aquellos compuestos nutricionales que no pueden ser hidrolizados ni absorbidos en la parte superior del tracto digestivo y que son capaces de estimular, selectivamente, el desarrollo y metabolismo de la flora bacteriana beneficiosa (fundamentalmente del colon) y eventualmente inducir efectos sistémicos favorables a la salud intestinal.

Es decir, que por un lado tendríamos los microrganismos vivos (probióticos) y por otro, los compuestos que son capaces de promover el crecimiento y desarrollo de estos microrganismos (prebióticos). Al conjunto de probióticos y prebióticos en un mismo producto, se denomina en la actualidad “simbiótico”.

Aunque hoy en día existen grandes avances metodológicos en el estudio de la microbiota intestinal, quedan preguntas fundamentales en el aire:

¿Cómo funcionan?

¿Cuáles son las especies o cepas más efectivas?

¿Cuál es la dosis más eficaz?

¿Durante cuanto tiempo se ha realizar la suplementación?

¿Existe una total inocuidad en tratamientos prolongados?

Estas preguntas tienen un contexto tan complejo como la propia vida y los procesos que la rigen. Nuestro tracto gastrointestinal tiene una superficie en torno a los 400 m2, en él habitan más de 1014 microorganismos (100 billones) y se han descrito más de 500 especies que representan aproximadamente entre 1 y 2 Kg de nuestro peso seco. Entre esta multitud de seres vivos, no deja de ser sorprendente que con la administración de una sola especie se pueda poner orden todo este complejo “ecosistema intestinal”, desajustado por múltiples causas.

No obstante, la experiencia clínica derivada del uso de estos preparados avalan su eficacia y seguridad en múltiples situaciones: en la prevención y reducción de la duración de los episodios de diarrea inducida por rotavirus o asociada con antibióticos; alivio de los síntomas asociados a la intolerancia a la lactosa;prevención y disminución de los trastornos inespecíficos e irregulares del tracto gastrointestinal; efectos beneficiosos sobre alteraciones relacionadas con la inflamación gastrointestinal; infección por Helicobater pylori; candidiasis; normalización digestiva tanto en casos de estreñimiento como diarrea; prevención y disminución de alergias y dermatitis atópica principalmente en lactantes; prevención de infecciones de las vías respiratorias y del tracto genitourinario; mejora de la flora de la cavidad bucal y de la caries; e incluso evidencias preliminares con respecto a la prevención del cáncer, distintos trastornos metabólicos, o comportamentales.

No conocemos casos en los que la administración de una determinada especie o cepa concreta, haya originado una alteración en la microbiota intestinal contraria a la acción pretendida. Las informaciones que indican que el uso de alimentos funcionales enriquecidos con probióticos pueden originar una disminución en el crecimiento y desarrollo de la flora endógena establecida, no se ve sustentada por ningún estudio científico. Por otra parte, existen documentos científicos de evaluación y orientación sobre la relación entre un alimento específico y el mantenimiento de una buena salud, con la correspondiente legislación al respecto, en la que los probióticos y prebióticos son buenos ejemplos.

Las sociedades desarrolladas están enfrentándose a un aumento progresivo de los problemas de salud inmune mediada y relacionada con el intestino, tales como las alergias, enfermedades autoinmunes, inflamatorias, metabólicas, o del sistema nervioso. Aunque en algunos casos se necesiten estudios adicionales para confirmar los hallazgos que relacionan el papel de las inflamaciones gastrointestinales en el desarrollo y tratamiento de un amplio abanico de enfermedades, que duda cabe que el uso de probióticos, individualmente o acompañados de prebióticos (simbióticos), se ha convertido en un área de gran interés.

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José Daniel Custodio
Licenciado en Biología